Mucho se habla de los beneficios que conlleva el aprendizaje del lenguaje musical o de la práctica instrumental, pero poco se habla de cómo debe ser una clase que fomente todos esos beneficios.

Desde mi experiencia, tengo muy claro que es fundamental que el aprendizaje de la música se universalice y no sea solo una cuestión de unos pocos privilegiados. La enseñanza musical debe ser reconocida y reconocible para todos como lo es la enseñanza de las matemáticas, de la lengua, etc. Aunque se ha mejorado en los últimos 20 años, sigue siendo insuficiente y los datos lo avalan.

Los profesionales de la enseñanza musical tenemos que repensar muchos aspectos si no queremos que esto siga siendo así.

¿Has encontrado alguna vez alguien que diga: “no me gusta la Música”? Me refiero a poner música en el coche, en casa, ir a conciertos, etc. A mí no me ha pasado nunca. Todos tenemos gustos musicales y dedicamos tiempo a ellos.

Sin embargo, seguro que conoces a alguien que haya ido a un Conservatorio y diga: “Yo hice unos años de solfeo e instrumento, pero lo dejé porque no me gustaba, lo dejé porque no valía, etc”. Yo conozco a bastantes personas que dicen esto.

Hagamos una reflexión juntos. Seguro que te acuerdas de las clases de lenguaje musical donde había lectura rítmica, entonación a partir de la melodía escrita, dictados musicales, teoría de la música… ¿Te acuerdas cómo te sentías? En esas clases la experiencia sonora se dejaba atrás, en favor de una lógica matemática carente de expresividad.

Las clases tratan de establecer conexiones a través de la razón y del pensamiento lógico. Es una manera de llegar a los objetivos, a través de la disciplina, la constancia y el esfuerzo los alumnos alcanzan las metas presumidas de antemano.

Para mí, estas dinámicas de estudio han fomentado el abandono de las enseñanzas musicales en muchas personas tal y como hemos comentado anteriormente.

Sin embargo, afortunadamente hay experiencias que nos demuestran que otra manera de aprender (y de enseñar) es posible. No pretendo entrar en el fondo de las investigaciones que muchos pedagogos musicales han realizado y están realizando para transformar los modelos de aprendizaje, pero si quiero hacer un breve acercamiento a qué aspectos podemos incluir en nuestras clases para ser mejores docentes:

  1. Inclusión de contenidos. Los contenidos del lenguaje musical y del instrumento se pueden desarrollar de manera conjunta en una misma clase. ¿Qué sentido tiene desligarlos en ámbitos y espacios separados? En mi opinión, la clase de música es una sola y todos los contenidos son desarrollados desde el mismo ambiente. Esto facilita a los alumnos su integración y comprensión de manera orgánica.

 

  1. El movimiento es esencial. Las clases de música con muchas sillas y mesas eliminan la variable del movimiento, el sentimiento de libertad física y mental que está íntimamente logada al sonido. Qué raro es ir a un concierto y no moverse, ¿no?

 

  1. Tocar en conjunto. Es una fantástica manera de motivar a los alumnos y aprender. Nos sentimos acompañados, nos sentimos parte de un grupo. A veces, por diferentes motivos los alumnos tienen clases individuales, pero nosotros los profesores podemos y debemos tocar con ellos.

 

  1. Creatividad e improvisación. Crear e imaginar refuerza y alimenta el pensamiento. Nos hace sentir únicos e irrepetibles. Nos da herramientas de resolución de conflictos y problemas. ¿Qué seríamos entonces si no fuésemos capaces de improvisar en nuestras vidas?

 

Quiero animarte a que pienses qué tipo de educación queréis para tus hijos y para ti mismo, pensad en cómo quieres que la clase sea. A partir de ese momento, estás eligiendo y tendrás criterio para discriminar entre unos modelos y otros.

Como dice el dicho “Todos los caminos van a Roma”. Pero, ¿qué camino vas a elegir?